El Ejido y la ideología imperial española
      es un artículo del miembro de la RED VASCA ROJA y Director de «Resumen Latinoamericano» Carlos Aznárez publicado en GARA el 9 de febrero del año 2000.


      El Ejido y la ideología imperial española

      Como siempre ocurre, del otro lado de la muga son muchos los que creen ver el árbol pero no alcanzan a percibir el bosque que les rodea. Andaban por allí muy preocupados por lo que podía ocurrir en Austria con la as- censión al gobierno del fascista Joerg Haider y de pronto les estalló El Ejido. Eso es lo mismo que le ocurre a los denominados «progres» españoles que gastan cuartilla y elevan consignas al cielo en aras de los derechos humanos en cualquier rinconcito lejano del planeta ­cuanto más lejano mejor porque de lo contrario resultaría ciertamente incómodo­ y luego son capaces de hacerse los distraídos si les muestran las pruebas de cómo se tortura y asesina a pocos kilómetros de sus espaciosos sillones.

      El Ejido no es una excepción sino la regla latente en muchos de los que hoy se razgan las vestiduras mirando la tele y viendo cómo sus compatriotas se lanzan a «cazar moros» cual hacen los ultras domingueros con todo aquel simpatizante futbolístico que les huele a enemigo.

      El fascismo individual puede ser obra de una tara o de un lavado de cabeza muy puntual, y si se lo coge a tiempo hasta puede tener cura. Pero el fascismo masivo, ese que se trasmite de generación en generación, que tiene que ver con el espíritu imperial de una España grande y libre, la discriminación del inferior o el diferente, el desprecio hacia todo aquel que piense en clave libertaria, ése sí que es peligroso y se diría que hasta incurable, salvo que el antídoto sea contundente y también masivo.

      Desde hace varios años un grupo muy pequeño de solidarios con los inmigrantes vienen denunciando que en el extremo sur español se está cometiendo un genocidio. Que los muros de alambre de púa, primero, y de cemento después, que se levantan en la frontera con Marruecos para evitar que se cuelen los pobres y estafados africanos que llegan por cientos, es un verdadero monumento a la vergüenza. Que el tratamiento criminal que dan las llamadas fuerzas de seguridad a los pocos que logran burlar el cerco y tienen la suerte de no ahogarse al naufragar sus pateras, o dejar la piel entre las púas afiladas de la muralla construida por los blancos, es digno de los campos de concentración hitlerianos. Que las barracas infames de Cala Mocarro, en Ceuta, donde se hacinan miles de norteafricanos esperando que un milagro los incluya en la lista para luego poder ser humanitariamente explotados en algún socavón, poco tienen que envidiarle a las mazmorras esclavistas del siglo XIX.

      Y qué decir de las mafias ­no las marroquíes, como tanto le gusta mencionar a la prensa­ sino la de los uniformados que cobran suculentos beneficios por cada inmigrante que dejan colar hacia «la orilla de los ricos», o de las denunciadísimas violaciones sexuales cometidas contra chicas norteafricanas que no aceptan someterse a los infames toqueteos de sus captores.

      El sur español está infectado de fascismo y de racismo, y por eso El Ejido no es ni más ni menos que la teatralización de una realidad a la que todos los días se alimenta desde el gobierno derechista de Madrid. Las bandas de facinerosos que hoy se mueven por Almería, con palos en la mano y arrojando cócteles molotov a la luz del día no son improvisados violentos que surgieron por generación espontánea. Están alimentados desde los despachos de la capital donde se generan leyes de extranjería xenófobas, desde las tertulias radiofónicas que un buen día dicen «A por ellos» o desde los actos de «un millón de personas» en los que Imanol Arias se da el gusto de clamar al infierno contra los vascos y vascas, y otro buen día, el enemigo cambia y hay que demostrarles a «esos moros que vienen a quitarnos el trabajo» que no les va a resultar gratuito.

      Mientras se pintan las manos de blanco para hacerse los demócratas pacifistas, engendran el discurso del terror contra todo aquel que amenace con salirse de su cauce. Del cauce y el control policial que han creado para que cientos de norteafricanos, sudakas y europeos del Este hagan los trabajos miserables que ellos no quieren hacer, para que limpien la mierda en sus pulcras fincas de descanso y además les hagan ganar millones en la comercialización de productos sembrados en campos ­como los de El Ejido­ donde esos «moros asesinos» que hoy quieren exterminar, dejan la piel ­por menos de 2.500 pesetas diarias por 12 horas de trabajo­ y hasta parte de su identidad.

      Como ocurre con el pueblo israelí frente al palestino que reclama su lugar en el mundo, el fascismo puede penetrar en la piel de muchos y generar una violencia que no se detiene con discursos ni mucho menos con palmaditas cómplices. Como las del ministro Mayor Oreja, para quien la Policía hizo lo que pudo, cuando todos sabemos que en las primeras 48 horas había órdenes expresas de no intervenir contra los más energúmenos. O como las de esos inefables periodistas de TVE que se esfuerzan por quitar hierro al pogrom almeriense, disculpando a los vecinos de estar tan «irascibles» por las faltas de medidas de seguridad (¿más todavía?).

      Primero fueron los múltiples atentados no registrados por las estadísticas oficiales en los que en distintos pueblos de la península, se incendiaban «por casualidad» chabolas de inmigrantes, o se organizaban razzias para golpear a «tanto moro ladrón», como en Ceuta, Melilla, Almería, Algeciras, Madrid, Alicante, Barcelona y la lista sigue... Luego vino Terrassa, donde los fascistas quemaron casas y agredieron brutalmente a los magrebíes. En las filas de los agresores no sólo había ultras con bates de béisbol y cruces gamadas tatuadas en los brazos sino también «gente de buena familia» y hasta algunos votantes «socialcomunistas». Ahora le tocó el turno a El Ejido, y las imágenes que hemos visto son transparentes en cuanto a la composición social de la turba.

      Sinceramente, resulta patético escuchar ahora a esa gran mayoría silenciosa decir sin avergonzarse: «¿racistas nosotros?... ¡pero si siempre hemos tratado muy bien a estos moros y negracas!»

      Carlos Aznárez
      Director de «Resumen Latinoamericano»

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